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Sanándome en un círculo de Constelación Familiar



Llegamos acarreando nuestras pesadas mochilas, en las que fuimos guardando partes de nuestros pasados familiares no integrados, junto  con aspectos emocionales contenidos,  bloqueados,  maniatados,  como partes internas no acostumbradas a ejercitarse.   
Muchos, sintiéndonos victimas de los acontecimientos que nos toco vivir en la vida: desde los padres que nos dieron a luz,  hasta la carrera elegida,  pasando por la pareja con quien compartimos gran parte del camino y más.
Aclaramos previamente: “yo solo vine a participar”,  “vine a ver de que se trata” o también
”  Alguien me habló y despertó mi curiosidad” frases con las que nos atajamos por miedo a quedar expuestos sin previo aviso.

Nos sentamos en el círculo,  no sabemos si dejar la mochila a un costado o cargarla en nuestra falda a pesar de su gran peso porque   seguimos sintiendo que somos parte de ella,  nos da identidad, pertenencia.
Miramos a los ocasionales compañeros del grupo con un poco de desconfianza.
Escuchamos algunas ideas sobre de lo que se tratan las constelaciones, escuchamos que se habla de abrirse a un espacio diferente.
Algunos compañeros con alguna experiencia previa utilizan la palabra “magia” para referirse al sentimiento de representar a un desconocido y sentir en el cuerpo sensaciones ajenas a las propias, pero coincidentes con las del representado.

        Ya al comenzar y ante un primer ejemplo que el coordinador propone para ver como comienza una constelación familiar,   algo extraño pasa…. Con el mero hecho de colocar tres personas para representar a un papá,  a una mamá,  y al cliente voluntario… ya se produce una pequeña química en esa relación,  que produce una gran movilización en la persona que se presto para el ejemplo,   y por ende, en  todo el grupo en general.

          Hay un primer voluntario para constelar,  comienza a desarrollarse el taller,  pareciera que el tiempo se detiene,  me eligen para representar a la  madre,  dejo mi mochila a un lado…  Me surgen todo tipo de emociones en relación al hombre que tengo enfrente,  a mi hija que tengo a un costado,  una fuerza me tira para atrás….  Me muevo de lugar,  sin entender mucho, me emociono,  mi corazón comienza repentinamente a latir con fuerza,  digo una frase y me conmuevo, voy sintiendo que algo se está transformando en mi…   Donde solo había distancia y mucho frío,  emerge un orden y un amor que parecía oculto.   Miro a la persona que pidió la constelación y veo que tiene un nuevo brillo en su rostro,  sus ojos húmedos…. 
Participamos del círculo de cierre  de esa constelación todos los que fuimos representantes en el trabajo,  recibo el agradecimiento,  y vuelvo a mi lugar.

Me siento,  y automáticamente  voy en busca de mi mochila,  y ante mi sorpresa, ya no la encuentro tan pesada. Percibo que algo cambió en el ambiente,  hay un clima diferente,  algo se abrió en mí y en todos.

        Me descubro a mi misma,  pensando cual sería mi tema a constelar,  y si habrá lugar hoy para mi.  Comienza otra constelación en la que si bien, no participo activamente como representante,  sucede algo en la relación padre-hija que me toca,  me caen lágrimas,  todo lo que sucede me resuena como mío.  Estoy movilizada, no tengo registro de haber vivido algo semejante en mi vida.    Por suerte sobreviene un recreo  para tomar un reconfortante tecito,  cambiar de aire,  mover el cuerpo,  charlar con los compañeros.
Cuando retomamos el trabajo, tomo conciencia del gran cambio en el grupo,  miro las caras y parecen otras,  ¿o la cambiada seré yo?  Las constelaciones fueron ganando en profundidad,  todo parecía más fluido,  ya todos estábamos entregados a dar lo mejor de nosotros,  abiertos a encontrar la mejor solución para ese otro,  que en alguna medida, desde esa conciencia del todo, soy yo misma.

Ya promediando el taller, y cuando parecía acercarse el cierre,   salté de mi asiento sin lógica alguna,  una fuerza me despidió hacia la silla vacía contigua al constelador (la emblemática “silla caliente”).  Una parte mía se preguntaba -¿Qué hacés?-  Si solo viniste a ver de que se trataba,  es muy riesgoso,¡ volve a tu asiento!-   Pero esa voz iba quedando chiquita a medida que yo avanzaba.   Fueron pasos trascendentes para mi vida. Al sentarme,  automáticamente me centré.
En la breve charla previa, sentí  una linda resonancia con Daniel, el constelador,   y a partir de ahí, ante mi sorpresa, tuve una gran claridad sobre el hecho de para que estaba ahí sentada.   Mi gran desafío  era permitir que toda esa pesada mochila que anduve cargando durante muchos años,  pudiera abrirse para sacar el peso asfixiante y dar paso a una nueva realidad.   Ubiqué en el espacio a los representantes más importantes de mi familia,  y también tuve que elegir a alguien que me representara a mí.   De repente toda mi vida estaba enfrente de mí,  pero al mismo tiempo emergió otra realidad paralela,  que nunca había imaginado.  Pude hacer conciente cómo yo misma tomaba toda esa carga, y todos, cómodamente lo aceptaban.  Sentía cómo aspectos míos se iban sanando,  paso a paso.  Las escenas se iban transformando hacia algo nuevo y desconocido para mi,  pero a todos los representantes les venia bien y se sentían a gusto.  Al final yo misma experimenté ese nuevo lugar,  ocupando el espacio de mi representante,   y una corriente de energía me recorrió,  una fuerza que me decía que SI,  SI, SI.  La constelación terminó,  agradecí profundamente a todos por su gran aporte.  Me abracé con la persona que  me represento a mí, como una manera de mimarme a mi misma. 

Estamos en la ronda final,  Daniel habla del fuego que esta encendido siempre,  y que convoca la energía en cada encuentro.   Pude abrirme a la fuerza de todos los que vivieron detrás mío (padres, abuelos,  bisabuelos, etc.) y tomarla.   A partir de este sagrado día, algo cambió en mí para siempre.   
Muchas gracias